El gran mito de la virginidad.

El diccionario dice, virginidad: n/femenino. Estado de la persona que no ha tenido relaciones sexuales. Como sinónimos google arroja doncellez, castidad, integridad, pureza, candor e inocencia. Amerita una actualización ¿no? Wikipedia se pone más interesante y propone que la virginidad no es un concepto médico, ni científico y que no es demostrable, más bien es una construcción social de control sexual de las personas.

En las primeras comunidades nómadas, la mujer tenía un poder sexual inmenso. Eran las únicas que podían saber quiénes eran sus hijxs, simplemente por el poder de gestar. Ellas podían dejar una descendencia consciente sin necesariamente tener parejas sexo afectivas estables. Con el advenimiento del sedentarismo, el concepto de propiedad privada se heredó a la corporalidad femenina, los hombres debían saber quienes eran sus hijxs y debían tener el control sexual de sus mujeres. Con el caudal de violencia que implicaba conquistar territorios y las consecuentes violaciones, las mujeres se refugiaron en la protección de los hombres que les daban seguridad y estabilidad. Nace el concepto de familia junto con el de propiedad privada.

Con el tiempo, los vestigios de libertad sexual se borraron completamente y las mujeres que no se habían conservado intactas y puras hasta el matrimonio perdieron durante siglos su valor social, provocando la deshonra familiar y siendo objeto de repudio.

Suena retrógrado y muy lejano, pero muchas de las historias de nuestras ancestras habitan en nuestros úteros. El inconsciente colectivo no se resetea mágicamente y luego de muchas charlas con amigas, mujeres conocidas y lecturas en redes sociales, puedo hacer visible que el sexo sigue siendo un tema pendiente para las mujeres. En rasgos generales me encuentro con mucha frustración y dolor albergados en nuestros úteros. Experiencias primarias de dolor, sangrado e incluso no poder concretar una penetración en el primer intento. ¿Realmente creemos que es natural que la primera vez que tenemos relaciones sexuales debe doler, sangrar y ser un momento de tensión y que luego de varias pruebas fallidas se comienza recién a tener una penetración profunda con un vestigio de placer? ¿Nunca se preguntaron cómo sería tener sexo por primera vez sin las expectativas y paradigmas que traemos inconscientemente en nuestra matriz? Historias de abuso, de poder, de violencia, de sumisión, de esclavitud, de complacencia y de fragmentación nos fruncen a todxs ¿no creen? La primera vez duele, la menstruación duele, parir duele y cuando pasamos a la menopausia ya no somos mujeres disponibles para la sociedad. ¿De qué va toda esta mitología?

Nuestros úteros se rigidizan, temen, duelen y todo lo referido a la salud sexual de la mujer es solucionado con una pastilla que inhibe la producción hormonal natural. Una droga que nos disocia por completo de nuestra naturaleza física y que además es nuestra responsabilidad si no queremos traer vida a este mundo.

La porno historia milenaria educa a hombres que creen que las mujeres estamos disponibles 24/7 a sus necesidades sexuales, que gritaremos desenfrenadamente por la acción de meter y sacar con fuerza de nuestras vaginas su comprobación tangible de virilidad y que nuestros orgasmos son producto de que ellos saben hacerlo muy bien. No se habla de placer real femenino y mucho menos de CONSENTIMIENTO.

Mi historia personal no es una excepción. Siempre tuve una curiosidad sexual muy grande, era la que preguntaba todo en mis grupos de amigas. Mi primera vez fue con mi primer novio, a los 25 años, adultxs y con un karma importante. Odiaba mi cuerpa y creía que nadie podría desearme. Creía que probablemente no lo haría bien, como si hubiera un modo determinado de “perder” la virginidad y tener sexo. Él también era virgen, sólo que lo supe 7 meses después. Demasiado tarde como para poder sanar tantos meses de violencia sexual y psicológica. Yo seguía creyéndome incapaz y queriendo resguardar su seguridad. Me diluía lenta y dolorosamente mientras cedía por completo el control de mi deseo. Realmente era más importante que nadie se entere de su virginidad a construir una sexualidad compartida. Los actos de violencia que Lucas Romero Forcada ejerció con mi cuerpa fueron la mayor castración que logré matar después de unos años. Él camina tranquilo sin hacerse cargo, sin dar la cara, sin asumir el desborde de violencia e impotencia que me ocasionó por el solo hecho de ocultar su virginidad siendo adulto. Dos años y medio de violencia sexual. Dos años y medio.

Luego de lecturas y cursos virtuales de sexualidad y tantra, puedo sentirla como un potencial de energía vital y creativa. Puedo vivir mi sexualidad sin miedo y en relación a toda la existencia -sin resumirla a un coito con un hombre ni al auto toque consciente- y darle luz a algo fundamental, la expresión de mi deseo es el motor de mi existencia. No volvería el tiempo atrás, pero hoy sí puedo ser sincera conmigo misma y construir una sexualidad  consciente.  Amo mi cuerpa de mujer, ya no le temo al error ni a la herencia del “pecado original” y, principalmente, sé que es lo que tengo para dar y qué es lo que deseo recibir. Soy totalmente responsable de mi placer, nadie más que yo puede asegurarme la plenitud.

Nadie nace sabiendo. O tal vez sí y mientras crecemos nos llenamos de condicionamientos, expectativas, deber ser, romanticismo retrógrado y violencia patriarcal . Tenemos una imagen de la sexualidad desconectada de nuestras esencias. Si no nos conocemos a nosotrxs mismxs como pretendemos una perfomance que no se funde en lo ya socialmente establecido. Llegamos al acto sexual siendo máquinas de consumo inconsciente, perpetuadores de la pornohistoria que enseña a masturbarnos con el cuerpx de alguien más. Cuando todo lo que acontece es un devenir del habitarnos tan presentes que no existe la verdad absoluta, ni la polaridad bien o mal. No hay nada escrito y eso es lo más gratificante. El sexo es un espacio de total vulnerabilidad, el reflejo de quiénes somos en ese momento determinado. Todo lo que traemos se lo damos a esa otra persona, incluso si es un encuentro fugaz. Un espacio de revelaciones, sin dudas.  Estar relajadas, lubricadas, excitadas, disfrutando de nuestra carne -tan estigmatizada por la religión que ha auspiciado nuestra castración desde tiempos inmemorables- debería ser nuestro derecho, sólo por merecer todo el placer de habitar esta cuerpa de una mujer.

“Perder” la virginidad es una frase con pésima recepción. Realmente no perdemos nada. Ojalá, indiferente sea la circunstancia, siempre sea ganarnos tanto a nosotras mismas que deseemos compartirlo con alguien más y que la reciprocidad sea la muerte del ego patriarcal.

Felices y merecidos orgasmos hoy y siempre.

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