La cuerpa del consumo

Según un estudio antropológico realizado por Natura en el 2019, al 89% de las mujeres argentinas no les gusta una parte de su cuerpa. ¿Sorprendente? Más bien predecible.

Hace unos años, de paseo por un famoso museo en España, me encontraba con una propuesta radical que proponía revisar la imagen expuesta durante cientos de años de la mujer. Tomaba nota: “La imagen femenina es uno de los espacios predilectos de la actuación del capitalismo y del patriarcado que, a través de distintas estrategias, forzarán al cuerpo de las mujeres a reproducir estrictos estándares que lo convierten en objeto de consumo visual. Dentro de estas herramientas de control sobre el cuerpo, será fundamental la mirada. El ojo adquiere el poder de dominar su objeto de visión: el cuerpo cosificado de la mujer.”

El consumo de imágenes de mujeres ideales data desde que existe el registro y el arte ha sido un puente de acceso al descubrimiento de los estándares de belleza de todos los tiempos. La mujer desnuda, blanca, sin pelos, con más o menos volumen dependiendo de la época es objeto de consumo desde milenios. Las representaciones convergen en mujeres disponibles para ser vistas con una belleza ideal, mayoritariamente objetos de decoración que protagonistas fuertes y reales. Por supuesto que estoy generalizando, pero si te desafío a recordar alguna obra emblemática con una mujer como protagonista apuesto a que la imagen que trae tu cerebro responde a este arquetipo.

Afirmo que la producción de imágenes ha sido históricamente un nexo directo a la esclavitud de los estereotipos. Las fotografías y videos que consumimos a diario en nuestras redes sociales, en las publicidades y en la televisión es información que se traduce en cómo deberíamos vernos. Lo socialmente aceptado está intrínsecamente relacionado a lo que tiene más visibilidad, a lo que se expone al exterior. Si bien sigo bastantes cuentas que reivindican la belleza heterogénea y la diversidad de cuerpas, siguen siendo mujeres admirables por su “valentía” de compartirse con todas sus “imperfecciones”. Y es allí donde me pregunto ¿Ser valiente es mostrarme sin filtros ni edición? ¿Ser valientes es ser reales y libres? ¿Y que carajo son las imperfecciones? ¿Acaso la perfección responde a borrar líneas, bultos, arrugas, poros, marcas?¿No es un poco infantil seguir perpetuando la imagen de Barbie como mujer indiscutiblemente bella? Ella es una mujer joven de plástico, sonriente y muy maquillada, con poca movilidad y en eterna pose para ser consumida. Inconscientemente todas deseamos ser Barbies, flacas por siempre y estilizadas, maquilladas desde que nos despertamos, en una perpetua pose de mujer disponible para ser vista y socialmente aceptada como bella. Estamos inmersas en una sociedad en la que mostrarnos tal cual somos es ser valientes. Preferimos fingir ser de plástico física, mental y espiritualmente para pertenecer a un status quo determinado que ser vistas con toda la realidad bien puesta. Y para mí no hay mujer más bella que la que asume su propia libertad.

Lo genuino del asunto entonces es que la perfección es una mentira. Asumir que existe un cannon de belleza establecido implica renunciar a nuestra singularidad. La robótica idea de querer ser todas iguales con estas reglas establecidas mundialmente conocidas es tan absurda y macabra como perpetuar el imaginario de la raza aria. Suena exagerado pero la diversidad jamás ha sido una virtud digna de admirar. Es más útil para el mercado la permanente insatisfacción, si las mujeres asumiéramos nuestra belleza natural miles de empresas se declararían en quiebra. ¿Por qué ser parte de un negocio oscuro que nos quita la autoestima en cada publicidad y nos hace adictas al consumo para ser alguien que jamás seremos, solo por el simple hecho de habitar otra cuerpa?. Además habrían millones de mujeres conectado a pleno con sus necesidades y deseos reales, empoderadas, dueñas de sí mismas, conscientes de su poder personal. Sería la muerte total del patriarcado. ¿Y esto es una amenaza? Claro que sí, a la vida tal como la conocemos. Los cambio evidentemente dan terror. Es más fácil ser esclavas de la belleza y reducirnos a estar siempre “lindas” e insatisfechas con nosotras mismas.

Durante mucho tiempo estuve totalmente de acuerdo con la teoría, pero ¿cómo hacemos carne nuestras ideas? El criterio se convierte en realidad cuando detrás hay coherencia de acción. Durante mucho tiempo odie mi cuerpa e hice cosas horrorosas para obtener la validación del entorno. Estaba totalmente fragmentada con mi propio criterio, creía que todo esto de los estereotipos era una basura pero jamás iba a subir una foto en bikini en donde no me vea como una Barbie girl, apoyaba las ideas feministas de valoración personal pero mirarme a un espejo implicaba buscar cientos de excusas para no validarme a mí misma. Creo que lo que marcó realmente la diferencia en mi búsqueda de mujer real, fue empezar a compartir mis espacios vulnerables, sentirme bella y expuesta con mi celulitis, con mi carne, con mis tetas pequeñas y mis grandes piernas. Con mi tan adorado culo carnoso, que ha recibido tantas opiniones desde que soy una niña, que jamás lo hice propio. En este compartir una imagen real no me creo valiente, me creo coherente. He aquí una invitación al recorrido de la gestación de mi propia imagen en bikini.

Y aquí estoy yo, simulando ser un sticker puesto con photoshop. Las fotos en bikini eran motivo de mambo, ante la duda… zaz, me oculto detrás de mis amigas y parezco un collage. Una foto es el registro de un momento y de todo lo que conlleva. Veo esta imagen y me dan ganas de abrazarme. Una guerra declarada a mi cuerpa totalmente negada. ¿De qué me oculto? ¿De quién? ¿El ojo juzgador del otrx? Los peores jueces siempre somos nosotrxs mismxs. Mis amigas jamás se imaginarán este mambo de la foto y las personas que la hayan visto en redes probablemente no tengan interés en mi relación con mi cuerpa.

Esta es anterior pero recuerdo que realmente me vi muy gorda. Sinceramente la panza nunca ha sido un motivo de complejo focalizado, como sí mis piernas y mi culo, pero de igual manera yo me percibí obesa. Usaba esa expresión, la cual hoy me parece irresponsable y poco empática. La distorsión con la realidad lograba que cada día aumente la desconexión con mi cuerpa. Y siempre estaba latente esta consideración del que mira. “Se van a dar cuenta que engordé”. Años más tarde empecé a cuestionarme, si realmente no me importa si Pepita tiene celulitis y ya no busco celulitis en las imágenes de mi feed, ¿qué me importa si tengo o no celulitis y si la expongo o no? ¿Por qué seguir cargando la mochila de miles de juicios que ya no siento propios? Creo que hay un antes y un después en notar la proyección de todos esos juicios que aventamos al exterior. Es así como exactamente nos tratamos a nosotras mismas. Si aún estas sorprendida porque una famosa mostró su cara sin maquillaje o de la foto que subió modo Barbie una conocida, seguimos inmortalizando el peso de los estereotipos, aunque no creamos en ellos. Contar la historia en primera persona se trata de crear tu propia realidad y auto aceptación. Asumir toda la belleza desde un lugar orgánico, natural y de conexión hará que tus propias imágenes adquieran una fuerza impoluta que trascienda lo superficial. Indiferentemente del maquillaje, de la indumentaria, del entrenamiento y de todas las cuestiones estéticas, detrás de todo eso podrás verte desnuda de tus propios juicios y podrás ver cuerpas más redondas, más curvas, más delgadas, más altas o bajas, más marcadas y solo notar la cantidad de posibilidades que hay dentro de la belleza y no continuar consumiendo el único modelo que propone el mercado. El entorno lo creamos desde adentro, si esto nos hace daño porque seguir inmersas en la adicción del desamor.

Esa era la primera vez que usaba una bikini tanga, me veo incómoda, me sentía incómoda, pero soltando de a poco mis prejuicios. Siempre quise una bikini roja ultra tanga, quién más que yo misma para impedirlo o para gozarla. Ese verano nos fuimos a la playa con mi mejor amiga y nos paseamos en culo por la costa, fue la primera vez que no me importo mostrarme tal cual soy. Lo mejor del caso es que fue la primera vez que me sentí coherente entre lo que pienso, lo que digo, lo que hago y lo que siento. Fue el impulso de libertad que no se detuvo más. El viaje del amor propio es un indudable viaje de ida. Y no importa que tan flacas o gordas seamos, cuanto tengamos de esto o aquello, el camino de la aceptación es duro para todas. Ese día no me fije en las tangas que tenía alrededor ni busqué validación en ningún lado. Por que la validación siempre estuvo en mi propia existencia. Solo le dí el espacio y la apertura que necesitaba y deseaba. Pero siempre estuvo allí, dentro mío.

Pasé años lamentando mis curvas, escondiéndolas, censurando mi propia existencia y dejando de hacer cosas por creerme gorda o fea. Miro mis fotos del pasado y pienso, que belleza de mujer, en todas mis fases. La insatisfacción es lo que nos mueve a salir del vicio del deber ser. No hay una manera de verse, que absurdo. Hay tantas maneras como personas en el universo. Las referencias que tomamos como verdades absolutas también son nuestra responsabilidad. Todo lo que consumimos es nuestra responsabilidad. Si todo el tiempo el foco está puesto en seguir a mujeres que cumplen un determinado estándar de belleza, seguimos dentro de ese sistema de autodestrucción. En las redes hay de todo, vos podes elegir que consumir. No sólo las marcas tienen que cambiar las propuestas que nos hacen esclavas del engaño -sería lo mismo que hacer responsable a otrx de nuestro placer. Nadie más dueña de tu propio cannon de belleza que vos misma. Deja de juzgarte que la vida es corta. Si a alguien no le gusta, no lo acepta o no lo tolera, si no puede ser parte de tu libertad y aceptación, tal vez es una vibración que amerite una bifurcación. No hemos venido a ser mujeres de plástico sosteniendo casi sin explicación un sistema que nos reduce a estándares de belleza. Por qué seguir mirando al costado y admirando a personas que pueden vivirse sin enrosque o criticándolas implícita o tangiblemente. Usemos la mirada para acompañar, para aceptar, para admirar la diversidad, para encontrarnos y no como una herramienta de súbita sumisión. Y eso mismo empieza por casa, por el único lugar donde vas a estar toda tu vida, por tu cuerpa.

Mirate con tanto amor que los cánones de belleza caigan por su propio peso.

Ya estarás lista para abrirte a la belleza real y solo quedará habitarse de manera leal.


Durante el fin de semana llené mis historias de instagram (@lunaencasaocho) con mis piernas, mi talón de Aquiles y lo disfruté un montón. Muchas personas me contaron sus historias y se sumaron al cuestionamiento. He aquí el registro de los cuestionarios que propuse respecto a los estereotipos, saquen sus propias conclusiones.

La última pregunta fue que hacíamos con todo este sistema retrógrado disfuncional. La opción más elegida fue “Educación en la diversidad y tolerancia a la diferencia” y se me ocurre que la manera de hacerlo tangible sea no opinar sobre lxs cuerpxs ajenxs, consumir imágenes de cuerpxs reales y subir imágenes propias que no respondan siempre a los estereotipos. Todas en una para alcanzar la aceptación de la diversidad. La utopía está en las pequeñas acciones diarias. Vamos por ello.

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