CARLA LONZI. Escupamos sobre Hegel.

Carla Lonzi fue una crítica del arte y escritora italiana creadora del colectivo feminista “Rivolta Femminile”. Figura destaca del feminismo de los ’70, su legado nos regala libros como “Escupamos sobre Hegel” del cual compartiré algunos párrafos a continuación.

El problema femenino significa una relación entre cada mujer –carente de poder, de historia, de cultura, de rol- y cada hombre –con su poder, su historia, su cultura y su rol absoluto-.

En el siglo XVIII pedimos la igualdad y Olympe de Gouges fue condenada al patíbulo por sus “Declaraciones sobre los derechos femeninos”. La demanda de igualdad entre mujeres y hombres en el plano jurídico coincide, históricamente, con la afirmación de la igualdad de los hombres entre ellos. Hoy tenemos conciencia de ser nosotras las que planteamos una nueva situación

La igualdad de la que hoy disponemos no es filosófica, sino política: ¿queremos, después de milenios, insertarnos con este título en el mundo que han proyectado otros? ¿Nos parece gratificante participar en la gran derrota del hombre?

Por igualdad de la mujer se entiende su derecho a participar de la gestión del poder en la sociedad, mediante el reconocimiento de que aquélla posee la misma capacidad que el hombre. Pero la experiencia femenina más auténtica de estos años nos ha enseñado el proceso de devaluación global en que se encuentra el mundo masculino. Hemos comprendido que, en el plano de la gestión del poder, no concurren capacidades, sino una forma particular de alineación que es muy eficaz. La actuación de la mujer no implica una participación en el poder masculino, sino cuestionar el concepto de poder. Si hoy se nos reconoce nuestra imbricación a título de igualdad es, precisamente, para alejar aquel peligro.

La igualdad es un principio jurídico: el denominador común presente en todo ser humano al que se le haga justicia. La diferencia es un principio existencial que se refiere a los modos del ser humano, a la peculiaridad de sus experiencias, de sus finalidades y aperturas, de su sentido de la existencia en una situación dada y en la situación que quiere darse. La diferencia entre mujer y hombre es la básica de la humanidad. El hombre negro es igual al hombre blanco, la mujer negra igual a la mujer blanca.

La diferencia de la mujer consiste en haber estado ausente de la historia durante miles de años. Aprovechémonos de esta diferencia: una vez lograda la inserción de la mujer, ¿quién puede decirnos cuántos milenios transcurrirán para sacudir este nuevo yugo? No podemos ceder a otros la tarea de derrocar el orden de la estructura patriarcal. La igualdad es todo lo que se les ofrece a los colonizados en el terreno de las leyes y los derechos. Es lo que se les impone en el terreno cultural. Es el principio sobre cuya base el colono continúa condicionando al colonizado.

La igualdad entre los sexos es el ropaje con el que se disfraza hoy la inferioridad de la mujer. Esta es la posición de alguien diferente que quiere operar un cambio global en la civilización que le ha recluido.

Hemos descubierto no sólo los datos de nuestra opresión, sino la alienación que se ha originado en el mundo por habernos tenido prisioneras. La mujer ya no tiene pretexto alguno para adherirse a los objetivos del hombre.

En este nuevo estadio de conocimiento, la mujer rechaza, en tanto que dilema impuesto por el poder masculino, tanto el plano de la igualdad como el de la diferencia, afirmando que ningún ser humano, ni ningún grupo debe ser definido por referencia a otro ser humano o a otro grupo.

La opresión femenina es el resultado de largos milenios: el capitalismo más que producirla la ha heredado. La aparición de la propiedad privada ha expresado un desequilibrio entre los sexos como necesidad del poder de cada hombre sobre cada mujer, mientras se definían las relaciones de poder entre los hombres. Interpretar sobre bases económicas el destino que nos ha acompañado hasta hoy significa apelar a un mecanismo, cuyo impulso motor se desconoce.

Nosotras sabemos que, caracterológicamente, el ser humano orienta sus instintos hacia su satisfacción, al menos en sus contactos con el sexo opuesto. El materialismo histórico olvida la llave emotiva que ha determinado el tránsito a la propiedad privada. Esto es lo que queremos recalcar para que el arquetipo de la propiedad sea reconocido, para que se vea cuál es el primer objeto que el hombre concibe: el objeto sexual.

La mujer, al retirar del inconsciente masculino su presa primera, desata los nudos originarios de la patología posesiva.

Las mujeres tienen conciencia del nexo político que existe entre la ideología marxista-leninista y los sufrimientos, necesidades y aspiraciones de las mujeres. Pero no creen que sea posible esperar que la revolución los solucione. No consideran válido que su propia causa esté subordinada al problema de clase.

La relación hegeliana amo-esclavo, es una relación interna del mundo humano masculino, y es a ella a la que se refiere la dialéctica, en términos deducidos exactamente de las premisas de la toma del poder. Pero la discordia mujer-hombre no es un dilema: para ella no se ha previsto ninguna solución, puesto que la cultura patriarcal no la ha considerado un problema humano, sino un dato natural. Es algo que viene de la jerarquía entre los sexos, a los que se les atribuye como esencia lo que es resultado de su oposición: la definición de superior e inferior esconde el origen de un vencedor y un vencido.

La visión masculina del mundo ha encontrado la justificación inherente a los límites de su propia experiencia unilateral. Pero para la mujer el origen de la oposición entre los sexos continúa quedando inexplicado, de modo que busca en los motivos de su derrota primitiva la confirmación de la crisis del espíritu masculino.

Para la mujer subordinarse al planteo clasista significa reconocer en términos semejantes en un tipo de esclavitud distinto al suyo, términos que son el testimonio más conveniente de su desconocimiento. La mujer, en cuanto tal, se halla oprimida a todos los niveles sociales: no sólo a nivel de clase, sino a nivel de sexo. Esta laguna del marxismo no es casual, ni podría ser subsanada ampliando el concepto de clase de modo que englobase a la masa femenina, a la nueva clase. ¿Por qué no se ha visto la relación de la mujer con la producción mediante su actividad de reconstitución de las fuerzas de trabajo en la familia? ¿Por qué no se ha visto que su explotación dentro de la familia es una función esencial para el sistema de acumulación del capital? Confiando el futuro revolucionario a la clase obrera, el marxismo ha ignorado a la mujer como oprimida y como portadora de futuro; ha expresado una teoría revolucionaria cuya matriz se halla en la cultura patriarcal.

Examinemos la relación mujer-hombre en Hegel, el filósofo que ha visto en el esclavo el momento liberador de la historia. Él, con mayor insidia que cualquier otro, ha racionalizado el poder patriarcal en la dialéctica entre un principio divino femenino y un principio humano masculino. El primero preside la familia, el segundo la comunidad. “Mientras que la comunidad se da su subsistir sólo destruyendo la beatitud familiar y disolviendo la autoconciencia en la autoconciencia universal, aquélla produce lo que la oprime, y que, al mismo tiempo le es esencial, es decir, en la femineidad en general su enemigo interno”. La mujer no ultrapasa el estadio de la subjetividad: reconociéndose en sus parientes y allegados se hace inmediatamente universal, le faltan premisas para escindirse del ethos de la familia y unirse a la fuerza autoconsciente de la universalidad, gracias a la cual el hombre se convierte en ciudadano.

Esta condición femenina, fruto de la opresión, es considerada por Hegel como motor de la opresión: la diferencia entre los sexos viene a constituir la base natural metafísica tanto de su oposición como de su reunificación. En el principio femenino Hegel coloca el a priori de una pasividad en la cual se anulan las pruebas del dominio masculino. La autoridad patriarcal ha tenido sometida a la mujer, y el único valor que se le reconoce es el de haberse adecuado a ella como a su propia naturaleza.

En coherencia con la tradición del pensamiento occidental Hegel retiene a la mujer ligada a un estadio por su propia naturaleza, y atribuye a este estadio toda la resonancia posible, aunque su condición sea tal que el hombre preferiría no nacer si tuviese que considerarlo como algo para él.

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