LUCIANA PEKER. Putita golosa.

Luciana Peker es una periodista activista argentina especializada en género nacida con el Sol en Capricornio. Su trabajo en distintos medios de comunicación se encarga de fortalecer la deconstrucción del patriarcado y la revitalización de la mujer deseante. Autora de varios bebéslibros feministas es la propuesta del día en el espacio #perspectivas.

Lo que jode es el deseo.

Las mujeres hicieron una revolución. Pero la toma de la Bastilla de la igualdad no equilibró los cambios y se espera de ellas que bajen de su propio Gramma, pero que esperen un llamado como si la bella durmiente no hubiera despertado nunca.


La violencia y la indiferencia no son asimilables. Sin embargo, pueden tener la misma raíz: la reacción frente al deseo de las mujeres. Las mujeres que quieren tener novio o amante o, incluso, chongo casi como un erotismo efímero e intangible, no deben escribir, pedir, proponer, hablar o preguntar. O sea: no deben mostrar deseo. Las mujeres que no quieren tener novio, marido, amante, que no soportan que les griten guarradas o que las apoyen en el tren, que no aguantan seguir casadas o ser fieles o bancarse la mirada del jefe entre las tetas no deben quejarse, denunciar, separarse, irse de la casa, echarlos, renunciar, escracharlos. O sea: no deben mostrar su deseo. Lo que jode es el deseo.


El feminismo avanza. Y la violencia machista, en sus miles de formas, recrudece. La revancha crece como un fantasma. Y muchos, ante el miedo, de no pasar por el ISO de la igualdad de género (casi ningún muchacho nacido y criado por el patriarcado resiste un archivo de lo que hoy ya no parece admisible) se paran como frente a una guerra de ellas versus ellos. “No las defiendan que, después, van a venir por vos”, le dicen a un conductor televisivo que no quiere justificar la violencia. “Quién esté libre de pecado que tire la primera piedra”, justifica un productor mantener a un acosador en la pantalla. Lo que jode es el deseo.


A mediados de enero, más de cien intelectuales francesas publicaron un manifiesto que cuestiona al movimiento #MeToo (A mí también) que puso en jaque a Hollywood con las denuncias de abusos sexuales a productores, actores y conductores porque lo tilda de puritano y considera que las denuncias de acoso confunden abusos con situaciones de seducción torpes. Dicen, además, que las feministas desataron una caza de brujas contra los varones y critican a las denunciantes por ponerse en un rol de víctimas ejemplificando con la idea de bajar obras de arte de los museos por contener desnudos. En la Argentina el único cuadro bajado (y bien bajado) es el del ex dictador Rafael Videla. No hay una horda de moralistas mirando desnudos y bombachas con retrospectiva histórica. Sí hay, en cambio, denunciantes de abuso forzadas a ser revinculadas con su progenitor abusador, mujeres golpeadas amenazadas por el golpeador en la puerta de su casa con un papel que flamea en la nada que le impide el contacto, actrices expulsadas de su carrera por no aguantar tragarse la lengua ajena y acorralarse la angustia de silencio, entre otros ejemplos. Pero, fundamentalmente, el feminismo sub tropical, sudaca, latino, comunitario o anticolonial (feminismos tercermundistas) no puede ser acusado de conservador o puritano porque, básicamente, exuda cumbia y reguetón, pantalones en culos grandes y tatuajes que destacan las tetas de las tortas y las travas, chicas que piden que los muchachos bajen a hacer downtown en vez de pechearse entre ellos en la esquina al grito de “chupame la pija”. Las pibas, desde el secundario, plantan bandera en que las erotiza hablar de política. Pero eso no es que no son sexuadas, sino que su sexo habla. El feminismo no vino a matar al sexo. Pero sí vino a cuestionar el sexo mirado, chupado, hablado y consentido solo desde el deseo de la masculinidad
hegemónica.


“No se trata de prohibir la seducción, la galantería, el levante. El acoso no tiene nada que ver con eso. El maltrato, tampoco. No vengan ahora a querer
meter todo en la misma bolsa. Para volver a silenciarnos. Siempre que rompemos moldes, que empujamos los márgenes arbitrarios que nos imponen, voces reactivas –voceras del patriarcado– pretenden llevarnos de nuevo a la cocina, quieren apaciguar nuestra rebeldía, nuestra desobediencia. Son siglos de sometimiento a los arbitrarios privilegios masculinos. La naturalización de esa opresión fue su mejor arma”, escribió la periodista (y google del género en Argentina) Mariana Carbajal.


Y si, desde la Argentina, hablamos de una revolución de las mujeres, si decimos que vivas nos queremos, incluso divas si se nos canta o a las que se les canta, vivas y libres, vivas y con purpurinas, con pelos fucsias y uñas de garras, vivas y con camisas floreadas, vivas y a los gritos, vivas y en tetas o sin cuerpos estándar o en pose para ser moldeadas, vivas y en llamas, vivas y en cuerpos rojos o ardientes, o sin ganas, esa revolución se extendió desde el sur al norte.

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