ROMPER, CREAR. El arte de ser mujer.

Ella es mi primera bebé. Esta obra de danza teatro nació a partir de mis estudios de género iniciados en el 2012. Pertenecía a un grupo de mujeres reclutadas por una profe de Historia del Arte de la UNCuyo. Esta actividad extracurricular me llevó a preguntarme por primera vez si existían las mujeres artistas. Anteriormente solo daba por hecho que la información dada por la educación formal hasta ese momento era la única realidad. Digo, nunca se me cruzó por la cabeza el interrogante ¿Por qué no existieron mujeres artistas?

Lo cierto es que las mujeres existieron desde el comienzo de la historia obviamente. Y como seres vivientes lograron desempeñar sus actividades con grandes dificultades por su género. A este momento de mi vida le llamo mi primer despertar feminista. Con mis dulces 21 años empezaba a cuestionarme el rol de la mujer en la historia del arte. Un camino de ida que desembocó en cientos de cuestionamientos más y que hoy abro y comparto a tus ojos sea de dónde sea que estés leyendo. Reivindicar el rol de las mujeres en la historia y darles el valor que merecen es algo que me hace sentir super útil en sociedad. Es también una manera de construir a la mujer del presente, trayendo toda la fuerza del pasado para darnos el lugar que merecemos en el futuro. Sin más preámbulos, he aquí la reseña de la obra escrita por la Licenciada en Historia del Arte Celia García y el enlace para que disfrutes de este viaje de validación femenina.

ROMPER, CREAR. El arte de ser mujer, la obra que dirige Carla Sosa, se basa en intensas reflexiones, en búsqueda de la tradición que la conecta a ella con mujeres artistas del pasado. Esta idea surgió a partir de poder conectar sus dos vocaciones: la danza y la historia del arte. Este proyecto se inició con entusiasmo, también con temor, sin embargo aquí está, es el resultado de búsquedas profundas, numerosas lecturas pero sobre todo del deseo de expresar y confrontar de una manera abierta y dinámica, las experiencias de otras mujeres, que como ella, se expresaron a través del arte.

La presentación trata sobre tres mujeres del pasado, que son eslabones de una tradición construida a lo largo de los siglos. Mientras que la Historia del Arte “tradicional” las olvida o las relega a los márgenes, es posible hablar de ellas, una por una con sus potentes individualidades.

Carla inicia su recorrido con la pintora italiana Artemisia Gentileschi (1593-1652), continúa con la escultora Camille Claudel (1864-1943) y finaliza con la gran pintora mexicana Frida Kahlo (1907-1954).

Artemisia Gentileschi fue hija del pintor romano Orazio Gentileschi, con quién empezó sus estudios y obras a edad muy temprana. Su padre deseoso del perfeccionamiento de su hija en el arte de la perspectiva, contrató a un amigo suyo Agostino Tassi, para que le brindara clases de este arte. La relación que tuvo Artemisia con Tassi fue muy complicada y terminó mal, en un proceso judicial por violación. El hecho de que su nombre estuviera en boca de todos, en un asunto tan desagradable, tuvo consecuencias muy dramáticas en su vida ya que fue obligada a casarse con un desconocido e irse de Roma. Este hecho dejó a Artemisia sola con su talento. Empezó su carrera sin dejarse aplastar por los acontecimientos, siendo hoy considerada “la primera mujer en la historia que contribuyó de manera eficaz a la pintura de su tiempo”. Han llegado a nosotros una serie de obras donde prevalece la figura femenina enorme, grandiosa y fuerte, pero además de está reinterpretación de la mujer representada, Artemisia aportó nuevas lecturas de temas bíblicos y mitológicos. Fue una mujer de “negocios” consciente de la problemática de una pintora en un ámbito dominado por los hombres. Ella aprovechó las fisuras que ellos dejaban y supo especializarse en temas de más fácil acceso, como la copia del desnudo femenino que le significó “un gran rompimiento di testa”. Artemisia estaba conforme con su pintura, por ello se representó en un autorretrato como alegoría de La Pintura. Consigue así lo que no puede lograr ningún pintor, unir dos prácticas artísticas: el autorretrato y la personificación de una idea abstracta en una mujer.

La siguiente artista que nos propone la directora es Camille Claudel, importante escultora francesa oscurecida y olvidada, como ocurriera con Artemisia. Su vida es una trama donde se entrecruzan el talento con el amor y la locura con el arte. El nombre de Camille aún hoy es reconocido, más por ser musa y amante del escultor Auguste Rodin que por su obra artística.

El amor entre ellos surgió cuando Camille era su alumna, una bella joven de 20 años y él un escultor muy conocido de 44. Trabajó en su taller y colaboró como aprendiz en los trabajos que estaba desarrollando, y si bien fue influenciada, su estilo fue más allá que Rodin. Otras búsquedas la separaban de la obra de su amante-maestro, mientras que para él el naturalismo era una meta, ella avanzó hacia una escultura expresionista y cargada de lecturas simbolistas.

Tras romper la relación, se abrió para la escultura un periodo de gran actividad y cierta felicidad por la libertad recuperada. Esculpe incansablemente una serie de pequeñas obras protagonizada por mujeres pensativas junto al fuego, recibe muy buenos comentarios de la crítica pero el buen momento dura poco. Empieza a destruir todo lo que hace porque cree que Rodin se apoderará de ello y lo firmará como suyo, sobrevive en malas condiciones gracias al dinero que le da su padre, quien muere en 1913 y con él deja de tener el único apoyo real. Al año siguiente es ingresada a un centro psiquiátrico al este de París. Allí pasará los treinta años siguientes de su vida, rogando a su familia que la liberarán, murió en 1943 cuando tenía 88 años.

Camille había roto todas las normas exigibles entonces para una mujer: ser artista, escultora, amante de un hombre mayor comprometido con otra mujer. Fue una transgresora de cualquier tipo de reglas sociales. Entre sus principales trabajos podemos destacar el que quizás sea el más importante de ellos, llamado “La Edad Madura” una obra profundamente expresiva que sugiere la representación del destino: un hombre ya mayor camina hacia la muerte acompañado de una figura femenina y se ve arrancado de la juventud, el amor y la vida. Esta obra evidencia su perfecto manejo de las técnicas que le permite evocar el desasosiego de la pérdida. Pérdida que también sugiere su inalcanzable deseo de tener a su lado a Rodin.

La obra cierra con Frida Kahlo, dos circunstancias marcaron su vida, la pasión por el pintor Diego Rivera con el que se casó dos veces y sus serios problemas de salud, que la llevaron a pasar por el quirófano en 35 ocasiones. Sus circunstancias personales fueron sin dudas muy complicadas, pero al igual que Artemisia y Camille rompió moldes y desafío convenciones. Su obra es emocionante e intensa, compleja y ambivalente, muestra innumerables búsquedas y referencias desde la artesanía popular mexicana a tratados médicos del siglo XX. Pero son sus autorretratos donde aportó nuevas miradas. La auto representación de Kahlo significó romper con el paradigma de la mirada masculina en el contexto de una cultura patriarcal y construirse libre de estereotipos.

Su rostro nos muestra una imposibilidad que repite cuadro tras cuadro, sus gestos más que revelar ocultan y más que aproximarnos a ella nos separa. Ya sea que se represente de cuerpo entero o de busto, nunca abandona esa “máscara” emocional que tal vez le permitió sobrellevar sus padecimientos físicos y emocionales tras las continuas infidelidades de Rivera, pero este ejercicio de ocultación nos habla de la naturaleza ilusoria de la pintura, ofreciéndole al espectador la construcción de un personaje concebido.

Dirección general: Carla Sosa, coordinación: Susan Salazar, elenco: El estudio danza, Mendoza, Argentina.

Derechos de autor correspondientes a Carla Sosa.

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