DESÓRDENES ALIMENTICIOS. Testimonio.

Hay que quitarle el tabú a determinadas experiencias rechazadas, negadas, difíciles y que ameritan de la muerte y el renacimiento para poder abrazarlas, integrarlas y erradicarlas de la cultura patriarcal. Para ello nada más hermosamente tenebroso que mirar a tus propios monstruos de frente, el resultado final siempre es un despertar de conciencia y esencia. Los arquetipos de belleza y los estereotipos siguen convocando largos debates y la eterna búsqueda de la perfección socialmente impuesta que nos hace presas de la insatisfacción, la falta de auto amor y de autoestima. Aquí la voz de una valiente mujer que irradia la belleza de su ser y que comparte hoy su testimonio y una reflexión desde el presente sobre este gran monstruo.

Cómo podrías renacer sin antes haber quedado reducido a ceniza.

Las cenizas pueden ser de múltiples formas, pueden ser muchas o pocas, invisibles o estridentes. A mí me tocó esta. La que el mundo llama desorden alimenticio.

Nunca supe de qué se trataba, cuando era chica había escuchado mil veces hablar del tema. Y sí… sabía lo que sabemos todos “la chica que no quería engordar, que no comía, que vomitaba” y me pasaba que paradójicamente cuando escuchaba hablar de esos temas, mi antigua mente (desde ese banquillo del que no pasó por la experiencia pero igual condena) me susurraba “tan superficial puede ser esa gente? Tan preocupada por lo externo? 

Tal vez la vida quiso responderme estas preguntas y un día esa ceniza empezó a prenderse fuego dentro de mí.

Todo empezó por un acto simple y desinteresado: no comer carne. Siempre me gustaron los animales y sentía compasión por ellos, pero sin saber como nutrirme de la mejor manera, mi cuerpo empezó a mostrar señales de ese cambio de alimentación. Mi peso descendía y yo, que hasta el momento no había prestado tanta atención al tema, empecé a vivenciar una sensación extraña y novedosa: “sentirme flaca = sentirme linda”. Y lo que empezó siendo por compasión empezó a transformarse en autoengaño y obsesión. En mi relato, cada vez eran más los alimentos que había que suprimir, que no eran sanos, que tenían demasiadas calorías, cada vez mi peso descendía más y yo cada vez me sentía más segura, más linda, más estética para la danza. 

Y aunque mi familia y mis amigos parecían preocupados por mi aspecto yo me auto convencía de que ahora era más sana y me veía mejor. Sin embargo, eso que parecía tan perfecto en realidad me traía algunos (muchos) sacrificios. Tenía que comer sola en lo preferible, para que nadie me insistiera en la cantidad o llegar más tarde a una juntada para no compartir una pizza por ejemplo, mentir con que ya había comido o me dolía la panza, tenía que pesarme en cuanta balanza pudiera para asegurarme de que mi peso estaba igual o mejor (es decir más bajo), tenía que hacer actividad física en exceso, tenía que contar las calorías de todo, revisar los envases y compararlos, etcétera, etcétera (pues podría nombrar miles pero no es mi intención que te quedes con el morbo, seguí leyendo que viene la mejor parte)

Todo ese mundo de engañosa perfección, de voluntad extrema, de rigidez y de control empezó a volverse insostenible. A veces cometía algún pecado: llamado galleta dulce o chocolate, y era ahí cuando aparecía el fantasma de la culpa, tan gigante y opresor que me hacía buscar mecanismos compensatorios. La premisa siguiente era intentar eliminar eso que había comido. Comenzaba entonces otro círculo vicioso: comer lo que me gustaba total después podía eliminarlo (lease vomitarlo).

Lo que empezó a pasar es que el castillo de arena de lo saludable y el discurso de la voluntad que me repetía, empezó a caducar. Y ya mi cabeza no tenía manera de justificar mis acciones, no podía decir que eso era más sano, no podía auto convencerme ni engañarme, pues aun en mis fragmentos desechos siempre hubo algo de conciencia. Estaba enferma y tenía que hacerme cargo.

Empezaba cada día diciéndome que esta iba a ser la última vez, que no iba a hacer más desorden y que iba a comer mejor. Pero ya mi cuerpo no me gustaba, había subido dos kilos y me sentía terrible. Tenía que esconderlo porque me daba vergüenza que los demás me vieran así. Mi ropa empezó a ser holgada, negra en lo preferible para que pudiera disimular mis curvas, me cambiaba muchísimas veces y nada me gustaba, no podía verme en un espejo porque detestaba mi imagen, no quería salir porque mi cuerpo era horrible, no quería ir a la facultad porque nada me quedaba bien, lloraba cada vez que tenía que bailar a pesar de que era una de las cosas que más amaba en el mundo, pero mi cuerpo ya no era de “bailarina”, mis piernas eran grandes y yo no podía bailar así.

Poco a poco, me fui perdiendo, aislando de todo, mi humor cambiando y mi vida parecía cada día más vacía, oscura y carente de sentido. Vivía con un nudo en la laringe: no poder expresarlo ni hablarlo con alguien, porque “qué iban a pensar los demás”, sí, iban a pensar que era una hueca, que estaba loca. Me volví esclava de mi propio pensamiento, presa de mis miedos, atrapada pero aferrada y sin demasiados motivos para sonreír.

Dicen que lo bueno de tocar fondo es que uno ya solo puede ir hacia arriba. Mi padre, mi madre y mi hermano empezaron a sospechar. A pesar de que me preguntaban y yo intentaba ocultarlo, en mi garganta había un globo que crecía y que un día tuvo que explotar. En un intento no muy seguro de supervivencia, les conté, en medio de llanto y de una vergüenza enorme, lo que me estaba pasando. Y así decidimos que lo mejor era buscar ayuda en manos profesionales. Después de un proceso largo, de idas y vueltas, en lugares que no me ayudaban o minimizaban, encontré el tratamiento. A Mariana, a Marines y al grupo de chicas.

A pesar de que por un lado, al fin me sentía aliviada y contenida, por el otro empezaba un camino aun más duro, el de enfrentar mis monstruos, y luchar contra esa voz de la enfermedad que habitaba en mi interior, que aunque a veces se camuflara conmigo, si de algo podía estar segura es que esa no era “yo”.

El camino tuvo sus subibajas, a veces me sentía eufórica porque había podido dominar la enfermedad en alguna de sus formas pero, también, había días difíciles donde parecía imposible salir y las ganas de abandonarlo todo se agigantaban.

Lentamente, esas acciones toxicas y conductas cotidianas destructivas que al principio parecían parte de mí, con mucha ayuda, con voluntad y con esfuerzo fueron desapareciendo. Empecé a adquirir otros hábitos, hábitos de verdad saludables que fueron modificando mí día a día y devolviéndome la salud física. Entonces fue cuando llegó el momento de encontrarme con algo más profundo, con las raíces de aquello que parecía tan superfluo. La pregunta ¿Por qué a mí? Comenzó a transformarse en ¿Para qué? ¿Qué era eso que la vida había venido a enseñarme? ¿Qué era lo que había que enfrentar verdaderamente?

Hay una frase de Silvio Rodriguez que dice así “No tocar duro nuestras verdades levantando muros, pudre capitales.” Esa era mi historia. Nunca había enfrentado mis verdades, había estado años construyendo muros de apariencia perfecta y siguiendo mandatos, que terminaron pudriéndose en la enfermedad, alejándome de mí.

Esas verdades empezaron a tomar forma y pude verlas de frente por primera vez en mi vida. Tenía una dificultad muy grande para poner en palabras mi sentir. Tenía muy poca tolerancia a las frustraciones, una auto exigencia abrumadora y un diálogo destructivo conmigo misma. Tenía  problemas para relacionarme con mi familia que me afectaban en lo más profundo y no sabía cómo resolverlos. Tenía recurrentes sentimientos de culpa e inseguridades cotidianas.

Pero lo más terrible que también descubrí es que no me quería, y nunca me había querido, que no me valoraba ni un poquito y el monstruo que tanto temía no era otro que yo misma boicoteándome sin cesar.

Lógicamente cada una de esas verdades se extendía hacía todos los aspectos de mi vida y afectaban mi forma de vincularme con las personas, con las cosas y conmigo.

Ahora el camino era hacia dentro. Tenía que reflexionar, profundizar, mirar más allá y empezar lentamente a purgar.

Pasaron cuatro años de trabajo intenso, de terapia, de actos poderosos, de desafíos inmensos, de compromisos, de grupo, de manos amigas, de abrazos de contención, de limpieza profunda hasta llegar a mí.

Hasta que sí, finalmente, aprendí. Y aprendí como nunca antes. Aprendí que a veces las cosas más terribles son las que más nos ayudan a crecer, y es que al final del túnel no había otra cosa que mi esencia.  Después de quitarme todas las capas de piel, me encontré con el autoamor que se expandió a todo. Ahí estaba la plenitud del ave fénix, pues habrá que morir para renacer todas las veces que sea necesario.

Hoy agradezco al universo y a la existencia esta oscuridad que atravesé, como un regalo, quizá con un envoltorio temible, pero que en definitiva me dio la posibilidad de nacer otra vez. Esta fue y será, probablemente, la experiencia más traumática y más difícil de mi vida pero la que más me enriqueció el alma.    

Lo más lindo y lo que más rescato de este proceso fue haberme cruzado con tantas personas de corazón enorme que me brindaron su ayuda.

Palabras que surgieron en un presente del 2015 cuando di mi testimonio de alta, frente a las personas que hicieron de mi proceso un camino con final feliz. Ahora unos años más tarde, con otros aprendizajes encima y ojos en constante actualización, siento que mi lucha fue la de muchas. Comprobé que hay una línea muy delgada que separa el convertir el desamor hacia una, en trastorno alimentario. Pues sí, en esta sociedad patriarcal en la que estamos inmersas, en la que crecemos y percibimos el mundo, el autoamor femenino parece utópico. Y con cuánta amiga, hermana, compañera me abrí a contarle mi experiencia me refirió haberse sentido similar en algún momento de su vida (sin caer específicamente en un desorden). ¿Hasta que punto nos sentimos poco suficientes, faltantes, carentes de algún aspecto de belleza estereotipado? ¿Hasta qué punto nos sometemos a la industria y el “cuerpo del consumo” citando a mi amiga creadora de este blog? ¿Qué hace que la distorsión de la imagen corporal no sea una característica única de una persona con desorden alimentario si no de TODA mujer? Me volví una militante del feminismo que empodera, de la belleza en la unicidad, pues si aunque parezca trillado, real no hay nada más efímero que el envase, de que no hay parámetro estético ni posibilidad de comparación pues la diversidad es parte de la naturaleza humana, cada quien es bell@ en su singularidad. Soy una convencida de que lo que más te hace hermos@ es la autenticidad del alma cuando se expresa.


Erradiquemos los desórdenes alimenticios a partir de la deconstrucción patriarcal, de crear y promover una sociedad en la que cada mujer crezca amándose, aceptándose y gozando su singularidad de ser.
Gracias @lunaencasaocho por este espacio, por la posibilidad de expandir conciencia. Si estás pasando por una situación parecida que este texto sirva de inspiración, de empuje, de abrazo, no estás sola y sí, se puede.

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